Sensaciones de nuestra vuelta a Vietnam

Última actualización: 22/01/26

En «¿Quién nos manda a volver a Vietnam?» te contamos la mala experiencia que tuvimos viajando por este país en el 2009. Repasando estos 5 años de viaje, no tenemos que pensar mucho para ponerlo como el país en el que peor tratados nos sentimos.

Cada vez que alguien nos hacía la clásica pregunta “¿… y qué onda Vietnam?” (seguramente por motivos de su fama hollywoodense, Vietnam era el único país del que nos preguntaban nuestros conocidos después de viajar por el Sudeste Asiático), lo primero que se nos venía a la cabeza eran imágenes de vendedoras con cara de amargas queriéndonos cobrar de más o los mafiosos de la frontera con Laos estafándonos descaradamente porque controlaban el único transporte para salir de ahí (¡si hubiésemos empezado a viajar a dedo antes!). La frase que resumía nuestro sentimiento era “el país es muy interesante, pero los vietnamitas te arruinan el viaje”.

Los años pasaron y a medida que fuimos conociendo más vietnamitas por distintas partes del mundo nos empezamos a preguntar ¿Realmente los vietnamitas te arruinan el viaje? ¿o habrán sido los vietnamitas que nosotros nos limitamos a conocer? La única manera de encontrar la respuesta era volviendo.

Cinco años más tarde volvimos a pisar Vietnam, por otra frontera, con otra energía y con otras expectativas…

Tal vez estás esperando que te contemos la linda historia de cómo ésta vez fueron todas rosas sin espinas, de cómo los años nos permitieron abrir la cabeza y tomar con gracia cada diferencia cultural o cómo esas vendedoras amargas ahora empezaron a sonreírnos. Bueno, de eso hubo mucho, pero también tuvimos condimentos del Vietnam versión 2009.

Con la visa en la mano...

Con la visa en mano…

Me verás volver…

Ya en la frontera, un vietnamita trataba de colarse en la fila, suponemos nervioso porque estábamos tardando más de lo que él quería. Con una sonrisa de “estoy de buen humor y voy a tomar esto como una simple diferencia cultural”, le hicimos un gesto de “relajate y volvé a la fila”. Positivos nosotros, sacamos la primer conclusión para darnos un mayor rango de tolerancia: “no es que los vietnamitas sean mala onda, es que son de carácter fuerte”. Le agradecimos a los de inmigración por dejarnos entrar después de pagar 60 dólares de visa, saludamos a Ho Chi Minh y pisamos Vietnam.

Enseguida nos levantaron unos empresarios, los primeros “vietnamitas simpáticos” que nos cruzábamos entre los dos viajes. Es que cuando uno tiene una experiencia general negativa, tiende a olvidarse de los pequeños buenos momentos, y a quedarse sólo con el recuerdo de los malos, por eso es que no nos acordamos de ningún vietnamita que en el primer viaje nos haya dejado una buena impresión. Nuestros primeros amigos nos llevaron a lo de una clienta, donde nos recibieron con cerveza y pipas, nos invitaron a almorzar y nos dejaron en Pleiku, nuestra primer parada. En unas horas ya habíamos conocido a tres vietnamitas alegres y a uno solo con carácter áspero. Si uno de cada tres que nos crucemos nos recibirá de esta manera, estaremos mucho mejor que la vez pasada.

El promedio positivo siguió subiendo cuando conocimos a Hotikana, quien nos abrió las puertas de su casa en Pleiku. Ya te contamos de esta luchadora en el posteo anterior y en Facebook, y pronto subiremos su historia en un posteo dedicado a ella sola, como se lo merece.

Seguimos conociendo gente, y después de dos días nos preguntábamos a qué Vietnam habíamos venido la vez pasada, y a qué Vietnam venía la mayoría de los viajeros que nos habíamos cruzado con las mismas malas experiencias que nosotros…

Con Hotikana

Con Hotikana

Viajar a Vietnam - mercados

Blanco y negro

Nuestro segundo día define claramente la sensación que nos dejó Vietnam…

El autostop venía complicado. Para el mediodía habíamos avanzado sólo 50 kilómetros de los 370 que nos habíamos propuesto. Pensamos que a ese ritmo no llegaríamos muy lejos, y que tendríamos que volver a lo de Hotikana a dormir. Como suele pasar, después de una larga espera aparecieron los salvadores. Un grupo de cuatro trabajadores nos levantaron, entusiasmadísimos con la idea de ayudar a los “amigos de Messi”. A pesar de que las conversaciones se limitaban a “Messi…” “Yes, Messi!”. “Tevez…” “Yes, Tevez!”. “Di María…” “Aha… Di María also”. “Sergio Aguero…”, y así hasta que se agotó su conocimiento sobre nuestro país, los gestos y las sonrisas fueron suficientes para interpretar su alegría de compartir la ruta con nosotros. Nos invitaron a almorzar, nos compraron gaseosas, fruta y hasta nos invitaron a quedarnos en su casa si no teníamos un lugar para dormir.

Llegamos a Danang de noche, después de todo un día en la ruta. Las caras de nuestros amigos no podían disimular su cansancio. Agotados como estaban, y teniendo que ir a trabajar al día siguiente, se ofrecieron a llevarnos hasta Hoi An, desviándose 50 kilómetros entre ida y vuelta. Le dijimos que no se preocuparan, que ya habían hecho demasiado por nosotros, y que podíamos tomarnos uno de los colectivos que pasaban constantemente.

Frenaron el auto, abrieron el baúl para sacar nuestras mochilas y paramos al colectivo. Como si fuera un secuestro express, bajó uno de los empleados del colectivo, agarró las mochilas y a los empujones nos subió. Todo fue tan rápido que casi ni pudimos despedirnos de nuestros amigos de ruta. Arriba del colectivo, una empleada nos empujó a los asientos. Ya nervioso, pido que me devolvieran mi mochila, a lo que la empleada empieza a gritar que nos sentáramos. Cuando miro al que nos había subido, veo que estaba con medio cuerpo afuera del colectivo y que en la mano con la que no se estaba agarrando tenía mi mochila colgando de una sola manija, bamboleándose a velocidad “bus de Vietnam” y a centímetros de la calle. No había que hacer mucho para que mi querida mochila saliera rodando por el asfalto.

La pelea siguió. Nos quisieron cobrar un disparate, nos tiraron las mochilas, cuando le dijimos a la vieja empleada que nos bajábamos no nos dejó pasar, apareció un tercer empleado y empezó a golpear las mochilas. La gente miraba sin decir nada, seguramente con miedo de meterse con estos mafiosos. Le preguntamos a una chica cuánto deberíamos pagar por el boleto y en vez de decirnos le preguntó a la empleada. “50.000 cada uno”, nos dice. “Dale, si vos no pagaste eso, decime la verdad”. La chica se ríe y mira para otro lado, claramente nadie quería meterse.

Tomándolo como una derrota, terminaron aceptando los 20.000 que le dimos, que después nos enteraríamos era el doble de lo que los locales pagaban.

Llegamos a Hoi An enfurecidos. Los fantasmas habían vuelto a aparecer. La yerba mala nos había arruinado la buena cosecha. “¿¡Para qué nos habremos tomado ese colectivo?!… a partir de ahora vamos a hacer todo a dedo, aunque sea de noche y falten 10 kilómetros” (y así fue).

Estábamos mirando el mapa para ubicarnos, cuando escuchamos que una chica nos habla. “Hola, ¿de dónde son?”, nos pregunta con timidez. “Argentina”. “Vi lo que pasó en el colectivo, lo lamento mucho. Me siento muy mal por cómo alguna gente trata a los turistas en mi país…”, nos dice con la voz quebrada. “…pero me gustó mucho el coraje que tuvieron. Yo ahora estoy libre, los puedo acompañar al centro e invitarlos a comer algo.”

Estas son justamente las dos personalidades que encontramos en Vietnam. Una gran mayoría de gente curiosa y tímida, pero con las mejores intenciones de darnos una mano, y por el otro lado un pequeño grupo que quiere la plata del turista, pero no su presencia física. Lamentablemente a la mayoría de los viajeros les pasa lo mismo que a nosotros en el primer viaje, al no salir de la ruta turística la gente que nos rodea es esta última, y nos llevamos esa impresión de que todos, absolutamente todos, nos quieren estafar.

Viajando a dedo con Maradona y Dung, el camionero que nos llevó 330 km

Viajando a dedo con Maradona y Dung, el camionero que nos llevó 330 km 

Uno de los tantos eliminadores de fronteras que nos dio una mano en la ruta

Uno de los tantos eliminadores de fronteras que nos dio una mano en la ruta

¿Y qué les parece Vietnam?

Gracias a que cambiamos radicalmente nuestra manera de viajar, pudimos estar en contacto con muchas personas que nos ayudaron a eliminar nuestras propias fronteras. Viajar a dedo y hacer Couchsurfing fueron los vehículos que nos llevaron por este camino.

El “¿… y qué onda Vietnam?” de nuestros conocidos, en estos días cambió por el “¿… y qué les parece Vietnam?”, de todos los curiosos que se acercan a hablarnos. La respuesta entristece a la mayoría, porque reconfirma un sentimiento que ya escucharon de otros a los que le preguntaron lo mismo.

“Durante la mayoría de nuestro viaje nos cruzamos con gente increíblemente hospitalaria y feliz de recibirnos, y eso nos pone muy contentos, pero es frustrante como extranjero saber que constantemente te están estafando. Hasta en la compra más chica van a intentar cobrarte de más, aprovechándose de tu desconocimiento. Esto es cansador y llega un punto que te sacan las ganas de seguir viajando por el país.”

Es un problema cultural, nos dijo la mayoría. Gente de Saigón nos contó cómo en Hanoi los reconocen por su acento y tratan de cobrarles de más. Seguro que no tanto como a los turistas, pero entre ellos mismos también aplica la regla de “los de afuera y los de adentro”. Los vietnamitas de más plata también tienen que pagar el precio inflado, y ni hablar de los que viven en el exterior, por más que hablen el idioma, son fácilmente reconocibles (muchos resaltan orgullosamente esta “virtud”).

En definitiva, volvemos a la idea a la que llegamos en la frontera. Vietnam es un país con mucho carácter. En un mismo día podés tener las mejores experiencias y a la vez las peores. Muchos viajeros se van fascinados y otros tantos decepcionados. Nosotros volvimos para verlo con otros ojos, y estamos felices de haberlo hecho, porque pudimos ver la cara más brillante de la moneda. Nuestras palabras son sólo una opinión más, como la tienen todos los que por acá pasen.

¿Si te recomendamos Vietnam? Claro que sí, como recomendamos visitar todos los países que tengas la posibilidad. Porque las palabras ajenas pueden ser orientadoras, pero no deben generar prejuicios.

 Que tengas un buen viaje. Físico, virtual o espiritual.

Viajar a Vietnam - haciendo amigos

Con la banda

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