Del miedo al fracaso a la libertad viajera

Última actualización: 02/12/23

En Melaka, Malasia, decidimos ponernos en una plaza turística con fotos de nuestros viajes a donación. La experiencia nos ayudó a financiar meses de viaje. Te contamos cómo fue…

Algunos tienen miedo a viajar solos, miedo al aburrimiento, a no tener una mano derecha cuando las cosas salen mal. Otros le temen a la independencia, a dejar el cobijo de su terreno conocido y enfrentarse a la toma de decisiones. Muchos desconfían de sus propias condiciones, convenciéndose de que para vivir viajando les falta «lo que otros viajeros tienen», como hablar inglés, experiencia, o una habilidad particular que les asegure el éxito.

Pero hay uno que es el rey de los miedos, el que paraliza a la gran mayoría y les hace cerrar el mapa que venían trazando imaginariamente. Es incontable la cantidad de veces que nos hicieron la misma pregunta: «y si se les termina la plata, ¿qué hacen?».

Todos quieren una respuesta tranquilizadora a este acertijo indescifrable, y por eso nos lo preguntan tanto. Tratamos de explicarles que para viajar necesitan mucha menos plata de la que piensan, pero eso tampoco los deja conformes, porque sea mucha o poca, en algún momento se les va a terminar. También les decimos que el viaje, y en especial las ganas de seguir viajando, los van a llevar a encontrar las maneras de cumplir sus sueños.

Planeando el recorrido de «Eliminando fronteras»

Todos estos miedos tienen una raíz común, que es el miedo al fracaso. Miedo a que las cosas salgan mal por no ir a lo seguro, por entrar en un terreno desconocido. Miedo a volver y que nos digan «yo te dije que no te tenías que ir» y cuando estemos solos con la almohada pensar «para que lo hice, si hasta yo mismo estaba inseguro». Nadie está exento a estos miedos. Nosotros los sufrimos más de una vez y los seguiremos sufriendo, pero te podemos asegurar de que cuando los venciste una vez, siempre que vuelvan vas a estar listo para enfrentarlos.

Hay una frase que es tan simple como cierta: «el que busca, encuentra», y cuanto más corazón le pongas a esa búsqueda, más posibilidades vas a tener de encontrar lo que querés.

Fue así que las ganas de seguir viajando nos llevaron a encontrar distintas maneras de hacerlo, y para todos los que nos piden EJEMPLOS, el de Melaka tal vez sea uno de los más claros…

Te compartimos un tema que mucho tiene que ver con esto que estamos hablando:

En busca de la libertad viajera

Ya habíamos estado en Melaka en noviembre de 2009. Fueron tres días intensos, caminando a orillas del río, explorando los templos del barrio chino, deleitándonos con el laksa, y entendiendo lo que veíamos a través de su historia: una de influencia portuguesa, holandesa, británica y china que se fusionó con la local.

Lo que no sabíamos durante esa visita era que, cuatro años más tarde, íbamos a seguir viajando, y volveríamos a caminar por el mismo río, a comer el mismo laksa y a ver el atardecer en las mismas ruinas. Menos sabíamos que Melaka iba a ser un punto clave para Eliminando Fronteras.

No te pierdas la guía sobre qué hacer en Melaka para planear tu visita.

Murales en casas a orillas del río Melaka

Murales a orillas del río Melaka

Casas con murales a orillas del río

Las paredes de las casas de unos son atractivos turístico para otros

Mural en Melaka

Nuestro mural favorito

Rickshaw con pasajeros en plaza de Melaka

Rickshaw a punto de salir de paseo

Estábamos en Mersing, sur de Malasia, cuando nos llega un mail de Tang, hijo de los dueños de una guesthouse en Melaka, aceptando nuestra oferta de trabajar unas horas a cambio de alojamiento. Como ya habíamos hecho en Singapur, mandamos mails a varios hostels y hoteles para ofrecer nuestros conocimientos viajeros a cambio de que nos dieran un lugar para dormir por un mes. Varios respondieron, pero nos quedamos con la propuesta de Tang, con quien íbamos a poder vivir desde adentro la cultura chino-malaya.

Todo fue muy raro desde un principio. Tang parecía simpático por mail, pero personalmente ni nos hablaba. Tenía mucho miedo, y no solo a nosotros, sino también a sus padres, a quienes  llamaba “jefes” por el simple hecho de ser los dueños herederos del hotel. Tampoco nos quiso revelar el nombre de su mamá. Fue ahí donde descubrimos que, en la cultura china, un empleado no puede llamar por el nombre a su jefe, entonces Tang nos dijo que la llamáramos simplemente “Lady-boss” (señora jefa), apodo al que nunca nos acostumbraríamos.

Comiendo con Tang y sus padres

Almorzando con Tang y sus padres.

La primera mañana laboral pasó, y salimos a vivir el primer déja vú, aunque Melaka, al igual que nosotros, ya no era la misma.

La llegada del Hard Rock Café en la entrada a la parte histórica nos hizo dar cuenta de que esta ciudad tímida pero seductora le vendió el alma al diablo. Seguimos caminando, y entre templos budistas, hindúes y mezquitas, llegamos a los callejones donde todavía siguen viviendo las familias chinas tradicionales, donde las puertas están abiertas hasta tarde, y las ofrendas no fueron reemplazadas por puestos de suvenires.

Jota pintando una habitación

Una de las tareas como parte del intercambio

La jefa, nosotros y sus alumnos con una mesa para repartir dulces tradicionales en el mercado nocturno

«Ladyboss» y sus alumnos repartiendo dulces tradicionales en el mercado nocturno del barrio chino

Callejón de Melaka con bicicleta estacionada

Lo mejor de Melaka son sus callecitas

Vivir viajando

La influencia china está por todo Melaka

Mientras caminábamos al costado del río, pensamos… ¿te imaginás si nos ponemos acá a vender postales? Antes de la visualización del éxito, lo primero que apareció fue el miedo al fracaso: «No, pero acá eso no lo hace nadie. En Latinoamérica o Europa están acostumbrados a ver mochileros vendiendo artesanías, pero imaginate cómo nos van a mirar, nadie va a entender nada».

También pensamos que la gente no iba a querer ayudar a un extranjero que hacía «negocios» en su país, y que los turistas nos iban a mirar mal por estar «robándole el trabajo a los malayos».

Había que tomar una decisión: si lo hacíamos había muchas chances de que todos nuestros miedos se cumplieran, pero si no lo hacíamos nos quedaríamos con la duda para siempre .

Esa misma noche seleccionamos cincuenta fotos de todo este tiempo viajando. No fue fácil hacer la selección entre taaaaaantas fotos, pero reencontrarnos con esas imágenes fue revivir cada experiencia. También fue un momento para frenar, mirar para atrás y darnos cuenta de todo lo que habíamos vivido.

Estaban las fotos del primer día de viaje en el aeropuerto, antes de dejar Buenos Aires, las del último día de trabajo en Nueva Zelanda antes de conocer el Sudeste Asiático por primera vez, las de los koalas y canguros en Australia, las que nos sacamos en Irán con las familias más hospitalarias que hayamos conocido, las que estamos junto a las yurtas mongolas, otras rodeados de fama en Bangladesh, acompañados de ratas en un templo de India donde las veneran, y las del día que salimos en la televisión china.

La selección fue ardua, fue como hacer un compilado viajero en solo una noche. Con el pendrive cargado de momentos, fuimos a buscar un lugar para plasmarlos en papel.

Dani en la bicicleta con cartulina para pegar las fotos

Bicicleteando en busca del mejor papel para armar las postales viajeras

Jota en la plaza de Melaka con las postales

¡Con las postales listas en la plaza!

El primer día que nos pusimos con la lonita al costado del río con nuestras postales fue un domingo. Había gente por todos lados, y sentíamos que las miradas estaban puestas en nosotros. Debemos confesar que sentimos miedo. Miedo al fracaso, miedo a volvernos con las 50 postales, miedo a pasar el ridículo sentados en la lonita, miedo al qué dirán, miedo a los otros vendedores, miedo a perder.

Pero cuántas cosas perdemos en la vida, solo por miedo a perder. Cuántos viajes que nunca se concretan por miedo a romper con la rutina, a perder la seguridad que nos brinda la zona de confort, a estar en un lugar donde nada nos es familiar, ni siquiera nosotros. Y perdemos, porque no nos animamos a ganar.

Si le hubiésemos hecho caso al miedo, la verdad es que no hubiésemos elegido las fotos, ni armado las postales, ni sentado en una lonita con el mapa. Pero lo hicimos, y hoy podemos cosechar lo que sembramos.

Solo el día que dejes de tener miedo, vas a empezar a disfrutar.

Cuando decidimos no ponerles un precio fijo, sino darlas a donación, otra lluvia de preguntas nos atormentó. ¿Y si no llegamos a cubrir los costos? ¿Y si la gente no entiende el sistema? Bueno, es verdad que algunos no entendían el sistema, pero la ventaja de hacerlo en Malasia es que casi todos hablan inglés, y les pudimos explicar.

Antes de hacerlo pensamos que los únicos que podían interesarse eran los turistas no asiáticos, pero justamente sucedería lo contrario. Lo que en un principio nos generaba dudas, sería lo que atraería a tanta gente: ver a dos viajeros en una plaza turística, con un mapa, sus mochilas y muchas fotos, era algo que a todos llamaba la atención.

Como siempre pasa, la gente atrae a más gente, y en cuanto uno se acercaba se formaba un tumulto alrededor nuestro interesadísimos en la historia que estábamos contando y en ayudar con el proyecto. No solo que cubrimos los costos, sino que después de ese mes en Melaka y un fin de semana haciéndolo en Penang, lo recaudado con las postales nos permitió viajar durante 5 meses por Malasia, Myanmar y Tailandia.

Dani rodeada de gente mirando las postales

Va cayendo gente al baile…

Gente que se acerca a conocer sobre nuestro viaje

Lo mejor: la cantidad de gente que conocimos

Gente mirando las postales en Penang

¡Postales también en Penang!

¿No hay problemas con la policía?

Era un martes cualquiera, estaba nublado, y dudábamos en ir a “postalear” (podríamos agregar esta palabra al diccionario mochilero, ¿no?). Cargamos las postales a la mochila y fuimos a nuestro lugar. Y digo «nuestro», porque después de casi dos semanas ya lo sentimos como nuestra casa. Entre los rickshaws que llenan de color las calles de Melaka vimos dos «hombres de azul” caminando a nuestro encuentro. No eran policías, sino empleados de la municipalidad. Nos miramos, y decidimos que ante cualquier situación nunca teníamos que perder la sonrisa, el arma más poderosa.

Ellos tampoco sabían bien cómo tratar la situación inédita, así que les contamos sobre nuestro proyecto, sobre los casi cinco años viajando, les mostramos las postales y les aclaramos que no tenían precio fijo. Nos miraron con cara de pocas palabras, nos pidieron que levantáramos campamento, y que al día siguiente fuéramos a la municipalidad. No podíamos seguir ahí sin un permiso.

¿Eso significó el fin de las postales marcopólicas? De ninguna manera. Siguiendo la norma “dress for success”, nos pusimos la mejor ropa que encontramos en nuestras mochilas, agarramos las postales, el mapa con el recorrido de Eliminando Fronteras, y salimos rumbo a la municipalidad.

No hace falta describir una oficina pública: gigante y con muchos empleados sin nada para hacer, donde cada uno de ellos te deriva a otro sector (¿será éste un fenómeno mundial?). Y así fue como que, después de explicar la situación más de seis veces, llegamos a la oficina de Ahad, quien quedó totalmente asombrado cuando le contamos que estábamos cruzando Asia de punta a punta a dedo. Nos dijo que no necesitábamos tener un permiso para esto, porque al no haberles puesto un precio fijo no estábamos vendiendo, pero nos hizo una carta para que no tuviéramos problema si nos llegaban a querer sacar otra vez, con sus datos personales para que lo contactáramos por cualquier cosa. En agradecimiento, lo mínimo que podíamos hacer era darle varias postales de recuerdo con una dedicatoria, pero no las quiso aceptar sin antes dejarnos su colaboración.

Mientras bajábamos las escaleras de la municipalidad y nos acercábamos a la parada del colectivo, no podíamos creer todo lo que había pasado. Llegamos a Melaka sin planes, terminamos vendiendo postales, nos sacaron por no tener permiso, y ahora nos estábamos yendo con una carta de autorización firmada. Y además de todo eso, habíamos vendido una postal en la municipalidad sin quererlo.

Como si fueran los salvoconductos que Kublai Khan le dio a Marco Polo, necesitaríamos la carta de Ahad dos veces durante las dos semanas restantes.

“Quien realmente quiere algo, encuentra la forma. Los demás encuentran razones y excusas”

Dani sacándose una foto con grupo de chicas malayas

Compartiendo la tarde con chicas que sueñan con viajar

Pasó el mes en Melaka. Pasaron las tardes de postales junto al río. Nos llevamos mucho más que energía para seguir viajando. Estar sentados con el mapa del recorrido nos permitió conocer muchísima gente que de otra manera ni hubiésemos cruzado.

Conocimos la historia de Teresa y Bruno, una portuguesa y un brasilero que llegaron a Malasia desde Portugal viajando en bicicleta y a dedo, siendo la música que creaban en el camino su propio sustento.

También conocimos a Oscar, un español que anda dando vueltas por el mundo hace varios años, y nos pudo contar unos meses más tarde su experiencia en Corea del Norte.

Nos hicieron una entrevista para un documental de la ciudad, otra para una web de Singapur y otra más para un blog italiano. No nos olvidemos de Thien, un vietnamita que volveremos a ver cuando visitemos su país, ni de Neuman, un pakistaní que estudia en Kuala Lumpur y nos hizo sentir en su país por un ratito. Una chica de Papúa, varios de Taiwán y China y más todavía de Singapur, quienes nos dejaron sus contactos para que los visitemos durante nuestro viaje.

Con las postales siendo filmados para un documental

Entrevista para un documental de la ciudad

Junto a Neuman y sus amigos

Junto a Neuman (remera celeste) y sus amigos

Jota con un turista chino con remera de Vélez

Las postales nos hicieron conocer a un chino hincha de Vélez… ¡increíble!

¿Cuál es la formula mágica para viajar tanto tiempo?

Nos hicieron esta preguntara más veces de las que podemos recordar. La respuesta deja desconcertado a más de uno: tener ganas, estar convencidos de que se puede, de que no hay sueños imposibles, por más de que mucha gente quiera hacer creer lo contrario, y tomar las decisiones con el corazón, por encima de la razón.

«Solo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar» – Paulo Coelho

Collage en pared de Melaka

Melaka forever

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