Gajes del oficio: aprendiendo a desnudarse en público

Última actualización: 29/11/23

Si viajar fuese sólo trasladarse de un lugar a otro, te puedo asegurar que ya hubiésemos vuelto a casa hace rato. Cuando uno decide visitar un país distinto al que lo vió nacer o crecer, no sabe que detrás de ese sello del pasaporte está firmando un contrato no explícito que viene cargado de letras chicas.

Mientras hay gente que no puede soportar un choque cultural intenso y decide cambiar el rumbo, para nosotros no hay nada más inspirador para seguir viajando que enfrentarse a nuevas realidades todos los días. Quizás ésta sea la razón por la que Asia nos tiene tan atrapados. Viajando por India aprendimos a comer con la mano; en Bangladesh, a soportar el peso de la fama; en China, a comer con palitos; en Vietnam, a esquivar las motos; en Mongolia, a acampar como los nómadas; en Australia, a no llorar cada vez que veíamos un canguro muerto en la ruta; en Fiyi, a sobrevivir a base de mangos por varios días; en Tailandia, a regatear; y en Corea del Sur, a desnudarnos. Sí, en público.

Donde fueres, haz lo que vieres

Ya veníamos algo entrenados desde Japón, donde es lo más normal del mundo que la gente se bañe en las termas sin malla. Demás está decir que hay salas para hombres y otras para mujeres, pero igual tratábamos de ir en horarios un tanto raros para asegurarnos que no hubiera nadie. Así pasaron nuestras primeras experiencias en los onsen japoneses, relajándonos como ellos pero con un ojo atento a la puerta para salir corriendo ni bien entrara alguien, y nos fuimos invictos de la desnudez pública.

Llegamos a Corea del Sur agotados. De noche, con lluvia, y con cierta nostalgia por la comodidad y cordialidad japonesa que habíamos dejado atrás. Tres meses en tierras niponas alcanzaron para hacernos sentir en nuestra zona de confort, y en Corea, claramente, no lo estábamos -todavía-.

No nos importó mucho el cansancio: estar en un país nuevo para nosotros es como si dejaran solo a un nene en una juguetería. A la mañana siguiente ya estábamos listos desde temprano para salir a explorar los rincones de Busán. Nueve horas de caminata intensa fueron suficientes para volver a bañarnos y, de una vez por todas, descansar. Cuando llegamos al hostel donde nos habían invitado a quedarnos al enterarse de nuestro proyecto, Jiyeon –la manager– nos dice que tiene algo para nosotros. Sin darnos tiempo a que pudiéramos decir nada, pone en nuestras manos dos pases para Spa Land, uno de los complejos de saunas y baños termales más grandes de Asia.  “No tienen que llevar nada, ahí mismo les dan toallas y ropa para las zonas mixtas, y a los baños termales entran desnudos”.

Sin pensarlo, en la puerta de Spa Land.

Sin pensarlo, en la puerta de Spa Land.

Sin pensarlo, ya estábamos en el subte camino a Spa Land. Era viernes a la noche y sabíamos que estaría repleto de gente. Sin mucha explicación, nos encontramos cada uno con dos toallas, un short y una remera en la mano. Las nenas con las nenas y los nenes con los nenes, nos separamos , pasamos al vestuario, y ahí estaban… todas desnudas. Hablando por celular, secándose el pelo, charlando entre ellas, mirando la tele. ¿Por qué  no se visten? Lo entiendo en los baños termales, pero acá… ¿no sería mejor ponerse al menos una bombacha antes de secarse el pelo?

Mientras pienso todo esto, camino por los interminables pasillos en busca de mi locker, sorprendida por la naturalidad con la que se lo toman. Dos ajummas me miran y se ríen. Yo todavía estoy con la ropa de calle, sin poder disimular mi look de turista perdida. Ellas están desnudas, con una toalla en la cabeza, charlando como si estuvieran en el medio de un parque. Encuentro mi locker, dejo la ropa, agarro mi toalla y me voy a la parte de las duchas, muerta de vergüenza. Al cruzar la puerta, una ola de humedad me da la bienvenida, y nadie más –por suerte– porque cada una está en la suya. Hay dos tipos de duchas: unas donde te bañás parada y otras más bajitas, para sentarte en un banquito de plástico. Me da un poco de cosa sentarme en ese banquito, así que voy a una de las más altas, y busco un rincón para bañarme. Ya duchada, puedo pasar al próximo paso: los baños termales.

Las duchas con banquito, pero en otro lugar donde pudimos sacar fotos.

Las duchas con banquito, pero en otro lugar donde pudimos sacar fotos. Las de Spa Land eran mucho más lindas.

Reglas para entrar al baño termal.

Reglas para entrar al baño termal.

Hago un paneo visual de las distintas bañeras, y enfilo para la que está vacía. Llego, prendo el chorro de agua masajeador, y me concentro únicamente en ese instante. Mindfulness. Estoy en Corea, la antípoda de Argentina, el lugar donde más lejos de casa puedo estar; estoy desnuda, junto a otras 50 mujeres; estoy viajando, el viaje en estado puro.

Reencontrándonos con nuestra ropa

El reloj gigante que está junto a los baños termales me dice que ya hace cuarenta minutos que estoy ahí. No sé cuánto tiempo es lo recomendado, pero de todas formas Jota me debe estar esperando, así que mejor salir. Ahora viene otro desafío: llegar hasta el locker, donde tengo mi toalla y mi ropa. Trato de ir lo más rápido posible, sólo para darme cuenta que al lado de mi locker hay dos chicas -desnudas, obviamente- charlando y buscando su ropa. Me paro al lado, esperando que me dejen un lugar, pero no parecen percibir mi compañía. Pido permiso, agarro la ropa que me dieron en la entrada, y me voy a a la parte mixta: el jimjilbang. Prueba de la desnudez superada. 

Empezando a sentir el calor. Vamos de a poco...

Empezando a sentir el calor. Vamos de a poco…

Casi muero horneada...

Casi muero horneada…

Mejor pasar un rato en la "cool room"...

Mejor pasar un rato en la «cool room»…

Jimjilbang Corea Curiosidades

74ºC?? No, gracias!

Antes de irnos, pasamos un ratito por el spa para los pies.

«Poniendo los pies en remojo»

¿Qué hace un coreano con una llave en la cola…?

Dormir en un jimjilbang es una de las opciones más baratas en Corea, y la que usan muchos jóvenes después de una salida con amigos. Llegamos a Seúl un día antes de lo planeado, así que fuimos a pasar una noche en uno de estos, al estilo coreano.
Hasta ahí todo bien, peeeeeero…

Estábamos muy tranquilos en dos colchonetas escondidas cuando un pesado se nos pone bastante cerca. «Pero, tiene todo libre y viene acá…!».

Así estaba el lugar, vacío...........

Así estaba el lugar, vacío………..

Al ratito, nuestro vecino se baja los pantalones quedando con media cola al aire, se tapa las partes con una bolsa de dormir que llevó especialmente para la ocasión, y empieza a toquetearse frenéticamente.
Siguió con un cambio de posición… se puso de costado, se bajó completamente los pantalones y, apuntando su cola desnuda directamente hacia nosotros, empezó a masajearse el ano.
Esperé a que se calmara, pero eso no pasó, así que la desperté a Dani y le dije que buscáramos otro lugar porque el amigo estaba desacatado. Dani, muy enojada por tener que interrumpir su sueño por el rapto de lujuria de este personaje, se paró y fue a directo al ataque…

«YOU’RE DISGUSTING!!! STOP, STOP DOING THAT!!! DISGUSTING!!! PUT YOUR PANTS ON!!!!»

El amigo, sin vergüenza alguna, se sacó una especie de llave de la cola, se la mostró a Dani, y le dijo… «Acupuntura, esto es acupuntura»

JUAAAAAAA yo moría de risa con la respuesta del coreano.
«Sabés que me dijo?! Que estaba haciendo acupuntura!!!!!!» «JUAAAAAAAA!!!!»

El amigo pidió perdón y se subió los pantalones, pero la mano de la cola no se la sacó. ¿Tendrá la llave de la felicidad?

Jimjilbang Corea del Sur Curiosidades

Conclusión… ¡Cuánto que nos queda por aprender de la cultura asiática!
Espero que haya podido entrar a su casa.

En fin… cosas que pasan en Corea.

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