Todo refugiado es político

Por Marcandoelpolo
En Irán
Dic 4th, 2015
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“Turquía es un infierno para todos los refugiados, especialmente para los sirios. Yo acá me reencontré con muchos amigos, todos en malas condiciones, y dispuestos a tomar los riesgos más peligrosos para salir de esta situación.”

Estas son las palabras que me escribió Ali cuando le mandé un mail para preguntarle si podía contar su historia. Pasó ya casi un mes desde que nos conocimos, pero se me hace inevitable acordarme de él y sus amigos todos los días. Lo veo en las calles de cada ciudad, no a él, sino a su historia repetida en distintos cuerpos. A veces está descalzo, otras veces en una esquina con su familia, y otras preguntándome si hablo árabe o inglés para ayudarlo.

Cuando lo conocí pensé que era estudiante, haciendo su maestría en Turquía como otros iraníes. No dio vueltas para dejarme en claro que no serían las calles de la pequeña Karaman las que estaría caminando de poder elegir, sino las de su Shiraz natal, donde nosotros mismos habíamos estado cinco años atrás. Podríamos habernos conocido aquella vez, tomando uno de los famosos falude de su ciudad, pero violenta fue la vuelta de la vida que nos puso juntos a pasos de una estatua de Atatürk.

me duele el mundo

“Perdón porque mi departamento no es muy lindo, pero es lo que pudimos alquilar”, nos dijo mientras subíamos las escaleras del frío edificio hasta el cuarto piso. Esperaba entrar en una desordenada casa compartida entre estudiantes, de esas que toman orgullo en ceniceros llenos y botellas vacías; pero los años de inmadura anarquía ya habían pasado para todos los que estaban adentro.

Mientras su hermano Mehdi preparaba té iraní, Ali nos contó que esta era la primer visita que recibía en dos años. Tampoco volvió a visitar, pero no porque no haya querido, ni por problemas económicos. “Soy refugiado, no puedo volver a Irán”, nos dijo con una cálida sonrisa, tal vez tratando de que tomáramos la noticia con naturalidad. “Hace dos años que me tuve que ir. Estaba en una manifestación en contra del gobierno, cuando me agarraron a mí y a otros compañeros más. Nos pusieron presos y al tiempo nos deportaron del país”.

El gobierno de la minoría pía tiene un apoyo mínimo, pero poderoso. En 1977 empezó una revolución sorpresa en Irán, que después de dos años sacó del trono a la dinastía pro-occidental que llamaban “títere del imperialismo”. El monarca Pahlavi, hombre de los intereses de Estados Unidos, se tuvo que ir, y del exilio volvió triunfal Ayatollah Khomeini, listo para ser el “Líder Supremo” de la nueva nación islámica.

me duele el mundo

“Las ideas son a prueba de balas”

Mehdi ya tenía el té listo, y a la alfombra trajo halva y nabat, el típico endulzante persa que parece una piedra preciosa de azúcar. “Prueben estas también”, nos dijo, y del armario sacó una lata de galletitas de jengibre con pistacho. La ironía no pudo ser más grande; lo que nos estaba convidando no era un dulce más, sino el típico suvenir que uno se lleva cuando visita Qom. Esta ciudad sagrada de chadores y mulás es la más conservadora de Irán, base fundamental de apoyo al gobierno y el centro de enseñanza chiita más grande del mundo. Acá Khomeini mamó sus ideales y levantó a los conservadores Corán en mano. Acá mismo me miraron mal porque el vestido de mi “esposa” resaltaba entre la marea negra, y los de turbante le dijeron varias veces que se cubriera mejor la cabeza, sin dejar ni un pelo a la vista. Tan irónico, que fue en la misma ciudad de las galletitas donde se bajó el martillo para que Ali y sus compañeros no pudieran volver más a su país.

Hace cinco años, en Rasht, un pibe de mi edad me hacía la misma pregunta que estaba escuchando ahora; “¿Qué se siente ser del país del Ché Guevara?”. Uno de los tantos herederos obligados de la revolución, aquel estudiante también se subió a la cornisa para protestar en voz alta, vio como fajaban y mataban a algunos de sus compañeros, y pudo escapar a salvo. Desde ese día, nos contó, nunca más fue a una protesta, guardándose la impotencia puertas para adentro.

“Yo entré a Turquía como turista. Al ser iraní no necesito visa, ni siquiera pasaporte, pero no puedo quedarme más de noventa días…” Los tres meses pasaron y Ali no había regularizado su situación, “… entonces me detuvieron por eso. Estuve preso unos días en Estambul y después me mandaron a una oficina de Naciones Unidas, donde me dijeron que tenía que venirme a vivir a Karaman.”  Le pregunté si no había podido elegir otro lugar, porque conocimos la historia de un zimbabuense que al llegar como refugiado a Ankara le dijeron que no se podía quedar en la capital, le mostraron una lista con las ciudades disponibles en orden alfabético, y le dijeron que eligiera una para pasar el tiempo que fuera necesario hasta resolver su situación. Sin conocer ninguna, apuntó a una de las primeras, y así llegó a la helada Ardahan, remota ciudad del Este donde las noticias importantes pasan tan lejos que pareciera ser otro país. El africano enseguida cayó simpático y se hizo famoso, pero a diferencia de Ali él está solo, totalmente alejado de su cultura, sin posibilidades de que algún familiar lo visite.

Ali a la derecha. Mehdi en el centro.

Ali a la derecha. Mehdi en el centro.

Turquía es un país de tránsito para los refugiados. Algunos tratan de quedarse el menor tiempo posible, cruzando a Europa como sea. Otros, como los iraníes de Karaman o el zimbabuense, pasan años esperando a tener los papeles en orden para entrar legalmente a Canadá, Estados Unidos, Australia, o el país que los acepte. El principal problema es que en Turquía se pueden quedar, pero no tienen permitido trabajar. Entonces, ¿qué deberían hacer? ¿mendigar? ¿trabajar en negro y que los rajen del país por no cumplir las leyes? O se escapan en la desesperación, en botes que más de una vez no llegan a la orilla; o se quedan, aguantando, tratando de aprender el idioma, buscando alguna changa para pagar el alquiler y la comida, sobreviviendo en la injusticia.

Desde Europa le ponen presión a Turquía para que frene las entradas ilegales, reteniendo a los refugiados por el tiempo que sea necesario. Pero claro, Turquía no va a tenerlos a todos en su país por un acto de clemencia; si quieren que sea un filtro entonces que le den una buena razón. ¿Cómo funciona básicamente el trato? La Unión Europea armó una promo; a cambio de que Turquía tenga a los refugiados lejos, van a rever su entrada a la UE que desde hace décadas se la vienen negando, le van dar visa libre para viajar por Europa, y 3 mil millones de euros, que se supone deberían ir para mejorar las condiciones de éstos. En el medio hay más de dos millones de sirios, y cientos de miles de afganos, iraquíes, palestinos, o del país que sean, no tiene importancia, pero no se fueron de su casa porque quisieron, como yo, se fueron porque desde su cielo sólo llueve pólvora.

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Esa noche Ali organizó una cena en la casa. En el supermercado no pudimos ser más que espectadores de lo que entraba en el changuito. Picles, Doritos, aceitunas, una botella de Yeni raki… “Esto es para la entrada, pero vamos a comer gormeh sabzi que van a preparar las esposas de mis amigos”, nos dijo cuando nos estábamos yendo del Migros, después de que nos echara de la caja por intentar abrir la billetera.

El gormeh sabzi es el plato que nos hacía en Irán cuando sentían lástima de nosotros por ser vegetarianos. Significa “hierbas guisadas” y es una comida que lleva horas de preparación y reposo. Se saltean puerro, cilantro, perejil, espinaca y los vegetales verdes que estén a mano, y se mezclan con porotos rojos, lentejas, lima seca y cebolla roja. Cúrcuma y hojas secas de fenogreco son indispensables para condimentar, haciéndolo uno de esos platos que te sacan las ganas de hacerlo en casa con sólo ver todo lo que lleva. Claro que no podía ser totalmente vegetariano, pero casi, porque los cuadraditos de carne de cordero podemos esquivarlos de la olla cuando nos servimos, hasta que se dan cuenta y nos los ponen en el plato, “porque así es más delicioso”.

El departamento donde vive Ali tiene un living amplio, cocina y cuatro habitaciones. En la pieza más grande duerme Daniel, el jodón del grupo, pero no hubo manera de convencerlo de que podíamos dormir en el living, y se terminó yendo a pasar la noche a lo de Mehrdad para dejarnos su lugar a nosotros. Mehrdad estaba fumando nargile con su jefe turco cuando me llamó al verme salir del baño. Él no habla inglés y sólo lo básico de turco, su jefe tampoco habla inglés ni farsi, y lo poco que yo sé de turco y farsi no sirve para tener ninguna conversación; pero igual querían que me sentara con ellos y les contara los países por los que había estado. Cada uno que nombraba lo repetían, o decían algo que se les venía a la cabeza al escucharlo (“Thailand… party” “Philippines… dangerous”), o aplaudían y brindaban con los que mejor sonaban como Japón o Corea. Estallaron de risa cuando les dije que en mi país al nargile lo llamamos shisha, como en los países árabes, algo que aprendí rápido que en Irán era conveniente no seguir nombrando; “Shisha????! Nooooo!”, dijo Mehrdad, haciendo gestos de que se picaba el brazo con una jeringa.

A la casa llegaron las dos parejas de amigos que estábamos esperando. De a poco me fui naturalizando con las historias que me rodeaban, pero cuando los vi entrar a ellos se me partió el corazón. Una de las parejas había llegado a Turquía hacía dos semanas, pero no estaban solos, con ellos venían sus dos hijos, uno de tres años y el más chico de sólo unos meses. No soy padre, pero no pude dejar de imaginar lo doloroso que debe ser criar a tus hijos con tristeza, tener que decirle que no pueden ver a sus abuelos, que no pueden volver a su casa, que sus padres son ingenieros pero ni siquiera pueden trabajar en negro porque no hablan el idioma; tener que afrontar la paliza de que ni siquiera sabés dónde los vas a criar. Traté de no mostrar pena en mis ojos, pero no sé si pude.

En mi cabeza había diez mil preguntas. Quise preguntar, quise saber más detalles de sus historias… pero no pude. No pude porque no soy un periodista con un jefe atrás pidiendo extirpar sentimientos a cambio de un titular amarillo. Escuché hasta donde ellos quisieron contar, pero me valió más ser un motivo para olvidar, aunque sea por unas horas, que un interrogador. Esta vez valió más hacerlos reír con historias de nuestro viaje por su país que pedirle que me cuenten las suyas. Valió más intentar desanudar el nudo de la garganta que ajustarlo.

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Un mate sirio

Por las calles del barrio antiguo de Izmir escucho más árabe que turco. Seguimos en Turquía, pero parece como si nos hubiésemos transportado a Damasco. Me tiento con los sanguches de falafel y los humus originales, esos con una pileta de aceite y garbanzos enteros, donde el pan pita más feliz se siente. Las plazas están llenas de perros vagabundos y gente tomando çay. Hay jubilados, desempleados y refugiados, todos juntos. Nos sentamos en un puestito y pedimos Ful de Alepo, una potente sopa de yogurt, habas, tahini y aceite de oliva, típica durante el mes de Ramadán.

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Dani me llama emocionada; “mirá, mirá”, me dice, mostrándome una mesa que está en la puerta de un negocio con letrero en árabe… “¡Yerba!” Del negocio sale el vendedor y me mira, sin entender nuestra alegría. “¡Cruz de Malta… mate… Argentina… We are from Argentina!”, le gritamos en la cara. Nos hace pasar y saca un set de bombillas. Los cinco que están adentro se ríen y levantan los brazos, “Argentina mate… Siria mate”.

El mate llegó a Siria y Líbano a mediados del siglo XX. Los inmigrantes de estos países en Argentina le agarraron el gustito, y cuando sus descendientes volvieron a su país lo llevaron con ellos. “Tienen que probar esto hermanos, está tremendoooo!”, imaginamos que habrán dicho al llegar, termo bajo el brazo.

Al principio era una costumbre de la clase alta, pero con el tiempo se popularizó, hasta volverse la bebida indispensable del Ejército Libre Sirio (principal grupo de oposición armada). De hecho, Siria es el principal importador de yerba del mundo. En el 2009, por ejemplo, compraron un 67% de toda la yerba que exportó Argentina.

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Pero no llegamos a hacer una cuadra que la sonrisa se nos volvió a borrar. Colgados de la pared vemos chalecos salvavidas a la venta. Hay grandes y para nenes. Un escalofrío intenso me corre por todo el cuerpo. Desde acá, todos los días salen entre 60 y 80 botes para Grecia, donde los espera una larga caminata de entre una y dos semanas para entrar a donde esperan tener tranquilidad. De todos esos, nos dijeron, uno o dos por día no llegan a destino.

Todo refugiado es politico - chalecos salvavidas Izmir

– “Tres meses… ¡América!”, me dijo Mehrdad señalándose.

Sonreí y lo felicité, porque me estaba contando que le habían aprobado los papeles y se iría a Estados Unidos.

– “¿A dónde en Estados Unidos?”, le pregunté.

– “L.A, Washington, San Francisco, California… New York!!!”

El tono con el que me lo dijo fue el de un adolescente que sueña con esos lugares que ve en películas y videoclips; exagerando la pronunciación, idealizando como un japonés a París, creyendo en el sueño americano. Pero ¿qué le espera al llegar a un país donde ni siquiera habla el idioma? Empezar de nuevo, eso le espera. A él, a Ali, a la parejas con sus dos hijos y a todos los sirios que vimos en Izmir. Empezar sin nada, una y otra vez, porque no son ellos los que deciden su futuro.

Todo refugiado es politico - Nobody care about us

La pareja de camboyanos que pudo escapar con vida a Estados Unidos durante el genocidio de los jemeres rojos; los Hmong que conocimos en Laos, perseguidos y torturados por su gobierno porque los que los representaban tranzaron con Estados Unidos durante la guerra de Vietnam; los orangutanes y tarseros de la selva de Borneo a los que le queman su casa para plantar palmeras que den aceite. Ninguno lo eligió, son todos refugiados de la avaricia y del poder. Son todos refugiados políticos.

Todo-refugiado-es-politico-Paz
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8 Respuestas a “Todo refugiado es político”

  1. Claudia dice:

    A pesar de todo es una experiencia genial poder compartir momentos con gente de otra cultura y con la terrible realidad a la que se enfrentan, lo mas lindo del post, es cuando rescatan el haber podido darles unas horas de distracción compartiendo historias.

  2. Sharon dice:

    Yo vivo en EE UU ahora y hay un ambiente de miedo por parte de muchos Norte americanos, miedo de que dentro de todos los refugiados lleguen gente mala, el mundo vive en un total terror. Yo sé que hay gente muy buena y amable llegando aquí como las personas que han mencionado, como dijeron en su post anterior, no quiero pensar que el mundo está podrido.

  3. Chicos es tan triste leer esto, ver la realidad en primera persona es muy fuerte. Uno que viaja muchas veces se siente mal estando tan lejos y anhela su tierra, pero lo hace por decisión propia, con total libertad de retornar cuando le plazca. No quiero ni imaginarme el dolor de no poder regresar, de dejar todo atrás, de perder a la familia y a las raíces.
    Sigan compartiendo sus historias con estas personas que con que le saquen una sonrisa ya les cambia un poco su mundo.
    Saludos desde la bella Ubud.

    • Marcandoelpolo dice:

      Hola Tati!! Totalmente, es muy duro saber que ellos no puede regresar, y las realidades con las que uno se encuentra viajando duelen, pero qué mejor que conocerlas en primera persona para poder entenderlas.
      Abrazo grande!

  4. Anna dice:

    Lloré con esta entrada, siempre me imaginé que habían más preconceptos en esos países que otra cosa! Hermoso redactado!

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